Carreras de aventuraExploracion

Ocean Fusion, Angelo Delvalle 1200 km Corriendo en Sudáfrica

octubre 3, 2026 — by Andar Extremo

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Carreras de aventuraExploracion

Ocean Fusion, Angelo Delvalle 1200 km Corriendo en Sudáfrica

octubre 3, 2026 — by Andar Extremo

La historia de Angelo Delvalle, quien a los 30 años emprendió en solitario el desafío de unir el Océano Atlántico con el Océano Índico, corriendo desde Ciudad del Cabo hasta Puerto Elizabeth. Una travesía simbólica entre mares que comenzó el 26 de septiembre de 2024 y culminó 42 días después, el 6 de noviembre, tras recorrer 1.200 km con 10.990 metros de desnivel positivo.

Entrevista por Andar Extremo, fotos Angelo Delvalle

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¿Cómo arrancás, Angelo, con todo esto?
Encontré una pasión, como si algo hubiera despertado en mí nuevamente. Ese camino que uno siempre está buscando apareció justo cuando me sentía perdido, sin saber hacia dónde ir. En ese momento exacto conocí el trail, que me dio la posibilidad de descubrir lugares magníficos, de correr carreras como El Cruce —una de las primeras que hice— y de conocer gente increíble. Trato de dar lo mejor y entreno bastante. Lo disfruto mucho: viajar, descubrir nuevos senderos, vivir aventuras, recorrer el país. Lo tomo de esa manera, como una forma de vida.

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¿Cómo te metés de lleno en el trail?
En realidad siempre corrí distancias cortas, nunca le había dado importancia a la competencia. Cuando hice mis primeros 21 kilómetros en Buenos Aires —soy de Don Torcuato, zona norte— pensé: ¿qué hay más difícil que esto? Me puse a investigar y descubrí el trail. Lo primero que hice fue buscar quiénes eran los mejores en el trail running. Así llegué a El Cruce, después a lo que es UTMB en Chamonix, y ahí empezó a gestarse un sueño: quiero hacer esto. Poco a poco fui conectando con gente, aunque en Buenos Aires no tenemos desnivel. Tuve mis primeras experiencias con aciertos y errores, conocí profesores que me incentivaron y ayudaron. Así llegué a correr El Cruce apenas un año después de haber empezado. Luego fui aumentando distancias y descubrí que tenía tolerancia a la ultradistancia. Automáticamente me dije: quiero ver hasta dónde puede llegar mi cuerpo. Desde ese momento empecé a poner mucho énfasis en el entrenamiento y en la alimentación, un área en la que no tenía experiencia. El cambio fue enorme. En la calle llega un momento en que todo se vuelve monótono, adormecido. El trail, en cambio, te da agilidad, te exige estar atento al desnivel, al clima, a la soledad en algunos tramos. Eso te mantiene vivo. En viajes largos, como me pasó ahora, pasás tanto tiempo solo que pensás y resolvés cosas; lo tomo como una terapia. A mí me divierte correr. En la calle no tenía esa emoción, esa chispa. En la montaña, en cambio, tenés que estar pendiente de todo: cuándo comer, cuándo ajustar, cómo enfrentar el clima. La montaña pone sus propias reglas y uno se tiene que adaptar. Esa sensación de estar corriendo en la montaña es única para mí.

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¿Cuál es el fin de Ocean Fusion?
Creo que el proyecto nació cuando estaba en Europa, antes de terminar mi estadía como turista. Sentí que tenía la posibilidad de descubrir un mapa en blanco para mí: un nuevo continente, un idioma desconocido. Tal vez lo que me atrajo fue justamente el miedo, el no saber qué podía pasar. Uno puede planear las etapas y cómo imagina cada día, pero cuando estás ahí te das cuenta de que lo que pensaste… quizás no sucede.
Al ver que Ciudad del Cabo está en la parte oeste de África y que en Cabo de Agujas —a mitad de recorrido— se unen los dos océanos, se me ocurrió la idea: ¿y si lo hago de otra manera? Podía caminar, tenía tres meses. Improvisé sobre la marcha: viajaba solo con una mochila, cometí errores, empezaba la primavera. Pensé que con una campera y una remera alcanzaba, pero las primeras tres semanas fueron de lluvia, viento y frío, y yo sin ropa larga. Ahí empezó realmente el viaje.
La idea era correr en etapas previamente planificadas, aunque después fueron cambiando. Ninguna superaba los 30 o 40 kilómetros, porque con 9 kilos encima no podía hacer tramos más largos. Los recorridos cortos me daban la posibilidad de parar, trotar o correr. La mochila fue clave: me permitía estar lo más suelto y cómodo posible —entre comillas— para cualquier imprevisto que pudiera surgir.

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¿Y cómo hacías con el agua?
Ahí aparece el segundo error. El primer día salí a recorrer 37 kilómetros para pasar por Table Mountain, un lugar icónico. Iba solo, siempre solo, y todo el mundo hablaba en inglés, lo cual también era un desafío porque lo fui aprendiendo sobre la marcha. Ese día no llevé el cargador solar para el celular ni las pastillas de cloro. Confiaba en que tenía la ruta armada con Komoot, una aplicación que te guía por senderos inhóspitos.
En esa primera etapa tuve mi primera aventura: me crucé con un guardafauna que me advirtió que guardara la botella de agua porque había un grupo de babuinos cerca. Son muy comunes allí; no son peligrosos, pero si ven algo que les llama la atención intentan sacártelo y, si reaccionás, pueden atacarte. Al rato me encontré con un grupo grande y quedé en el medio. Me agarró miedo. Caminaba sin mirar a los costados, sabiendo que estaban escondidos por todos lados. Fue mi primera experiencia con animales salvajes: estaba en un lugar donde no pertenecía y tenía que pasar lo más tranquilo posible. Eso fue bastante épico.
Seguí avanzando hasta que logré dejar atrás al grupo y encontré otro guardafauna del otro lado. Pasado el mediodía ya llevaba siete horas de recorrido. Cuando llegué a la cumbre de Table Mountain, a las 16 hs, estaba nublado. Me quedé sin batería, sin agua, sin forma de cargar el celular. Entonces pensé: ¿qué hago ahora? Traté de seguir las marcas en las piedras que indican los senderos. Sabía que si salía a la ruta, a unos 15 kilómetros estaba el hostel.

Sentí que tenía la posibilidad de descubrir un mapa en blanco para mí: un nuevo continente, un idioma desconocido. Tal vez lo que me atrajo fue justamente el miedo, el no saber qué podía pasar

¿A la noche, siempre llegabas a algún lugar donde podías dormir y comer tranquilo?
En realidad dependía de la ruta. La idea era que, al menos una vez por semana, pudiera conseguir un hostel o algún lugar para bañarme y descansar, porque con el tiempo me di cuenta de que era clave. Hubo momentos en los que la gente me ofrecía la oportunidad de dormir, y también tramos más complicados. En un recorrido de 100 kilómetros, que dividí en etapas, me pasó que en algunas no había dónde comprar comida, ni dónde dormir, ni siquiera dónde conseguir agua. Entonces tenía que organizarme para mantenerme cerca de lugares donde pudiera cargar víveres y asegurar lo básico.

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¿Cuántos litros de agua llevabas encima?
Un litro y medio dentro de los 8 kilos de peso que cargaba en la mochila, y normalmente una botella plástica de 2 litros en la mano. A veces llevaba dos, dependiendo de si tenía por delante 40 kilómetros en el día y, sobre todo, si sabía que en el recorrido no había ríos ni lugares donde pudiera potabilizar el agua con cloro. En esos casos no quedaba otra que optar por esa carga extra.

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Después de ese primer día, ¿cómo fue? ¿Te adaptaste a todo esto o demoraste un tiempito?
Creo que el segundo día fue cuando pasé mi primera barrera de miedo. Tenía que hacer 28 kilómetros, cruzar toda una montaña para llegar al otro extremo de Ciudad del Cabo, y desde ahí arrancaba por la costa. Sabía que no había vuelta atrás: algo dentro mío no quería irse, pero al mismo tiempo entendía que debía empezar esa etapa. Mientras subía la montaña, empecé a escuchar voces, a unos tres kilómetros arriba, en un idioma que no conocía: el zulú. Automáticamente me vinieron a la cabeza los mensajes de advertencia sobre peligros, y mi mente empezó a perturbarse. Analizaba las pisadas, tratando de descifrar si era gente haciendo trekking o algo distinto. Buscaba soluciones en mi cabeza para no tener miedo y poder cruzar. Poco a poco me fui acercando, escuchaba a 20 o 30 personas hablando en un idioma que no entendía. En ese momento me dije: Angelo, atrás no vas a volver, no hay opción. Me ajusté la mochila y decidí que, cuando estuviera a pocos metros, iba a trotar como si estuviera entrenando, aunque con ocho kilos encima era casi imposible. Pero en mi cabeza funcionaba.

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¿Te preguntaron algo o quisieron comunicarse?
No, me saludaron normalmente. Algunos me preguntaban qué estaba haciendo, de dónde venía. Y cuando les explicaba el proyecto, muchas veces no lo entendían.

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¿Cuándo te empezás a sentir realmente cómodo en el viaje?
Recién pasando la mitad del recorrido. Quizás ahí me sentí un poco más tranquilo, porque sabía que faltaban unas cinco etapas. Antes de eso, había momentos en los que pasaba por favelas y estaba preocupado, porque no sabía qué podía pasar. Nunca estaba del todo relajado: siempre en modo alerta. Después de varias etapas empecé a cuestionarme qué estaba haciendo, porque era una lucha constante con mi cabeza. Los dolores ya se habían convertido en compañeros, no en enemigos. Me distraía cantando canciones, mirando paisajes, buscando maneras de que los pensamientos no me ganaran. Pero cuando pasaba por una favela me preguntaba: ¿qué hago si sucede algo? Entonces decidí levantarme temprano, a las 6 de la mañana, para arrancar antes de que la gente estuviera activa. Igual, a las 5 ya había movimiento. Era imposible estar tranquilo. La verdadera calma llegó recién en los últimos 200 kilómetros, cuando sabía que ya no quedaba nada. Y el disfrute… el disfrute lo viví después, en el post.

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¿Cuando pasabas por la favela, se acercaban, te miraban?
No, solamente me miraban. Claro, no es normal ver a alguien con mochila caminando bajo el sol, ya sea a la mañana o a la tarde. Por suerte nunca tuve una situación mala. En los momentos en que sentía peligro o inseguridad, retrocedía y buscaba alternativas, pero no hubo malos momentos. Sí tuve experiencias muy distintas: al terminar una etapa o un recorrido, me cruzaba con gente que se daba cuenta de que era de Argentina y me regalaban una alegría genuina. A veces me ofrecían comida, una gaseosa, lo que fuera, y en ocasiones ni me cobraban. Eso lo generaba el fanatismo por el fútbol y por Messi. Me pasó varias veces y siempre fue un gesto que me llenó de energía.

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Recién dijiste que los dolores te acostumbran… ¿Qué problemas tuviste corporalmente, en el día a día?
Durante los 42 días tuve que descansar en algunos momentos. En la etapa 11, por ejemplo, me tomé unos días para replantear la forma en que lo estaba haciendo. Los dolores fueron lo primero en aparecer. Llevaba un solo par de zapatillas para todo el recorrido, y con el peso y el paso de los días la suela empezó a ceder. Eso generó un roce en el tobillo, justo en la unión con la horma, y poco a poco se transformó en una lastimadura. También tuve algunas molestias en las rodillas, nada fuera de lo normal, pero que se sumaban al desgaste diario. Y claro, había jornadas en las que no podía dormir bien, lo que hacía que todo se sintiera más pesado.

La energía volvía en los momentos mágicos: encontrar lugares soñados, cuevas que pertenecían a la Edad Media habitadas por Homo sapiens, o pasar caminando y ver ballenas a pocos metros. Esas experiencias me renovaban y me recuperaban

¿Qué zapatillas usaste?
Usé las Adidas TRX 320, que ya había utilizado en competencia. Era como darles un cierre, una jubilación: dije lo que es la etapa de Sudáfrica la hago con ellas, y después las jubilo. La verdad es que aguantaron bastante bien, no me puedo quejar, aunque quizás no eran las ideales para ese tipo de actividad. Tal vez hubiese sido mejor llevar dos pares: uno para asfalto, con buena plataforma, y otro para montaña o trekking. Mi idea siempre fue mantenerme cerca de la costa, pero a veces era imposible porque no había camino y debía desviarme por rutas, sumando kilómetros. En esos momentos otro tipo de zapatillas hubiese estado bien. Al cuerpo también le llevó unos 15 días adaptarse al peso. Los primeros dos días tuve molestias y contracturas en la espalda, algo normal porque el cuerpo no entendía qué estaba pasando. Después de esas dos semanas me sentí medianamente acostumbrado: más adaptado al calor, al peso, al ritmo. Ya estaba bastante más tranquilo. Lo único que quedaba era ocuparme día a día de qué hacer, qué ruta tomar, y eso lo planificaba cada noche.

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¿Con respecto a la comida que consumías?
El tema de la comida fue bastante complicado. Generalmente me manejaba con snacks y barritas. Cuando encontraba algún lugar donde podía comprar, trataba de abastecerme con fiambre, pan y cosas que sabía que no perdían calidad con el paso de las horas, y que me llenaban lo suficiente como para llegar a la noche. Pero fue difícil: siempre comía lo poco que podía conseguir. En los momentos en que podía descansar en un hostel, ahí sí me alimentaba bien. En definitiva, todo fue resolver sobre la marcha.

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¿Te sentiste en algún momento que bajaste la energía por no comer bien?
Noté una baja de energía después de las ocho primeras etapas. Mi día se volvió rutinario y eso me empezó a desgastar, más que la comida en sí. Cada noche, al llegar, tenía que anotar las sensaciones, comer, bañarme y planificar la ruta del día siguiente. Con el paso de los días, esa dinámica se volvió pesada y me hizo cuestionarme lo que estaba haciendo. Era un desgaste energético, pero no tanto por la alimentación. La energía volvía en los momentos mágicos: encontrar lugares soñados, cuevas que pertenecían a la Edad Media habitadas por Homo sapiens, o pasar caminando y ver ballenas a pocos metros. Esas experiencias me renovaban y me recuperaban. Nunca tuve problemas graves por la comida; fue más bien un combo de todo: rutina, cansancio y la exigencia del viaje.

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¿Ibas perdiendo peso en el cuerpo?
Sí. No hay nada que pueda recuperar 40 kilómetros diarios. Saqué el cálculo y lo bueno es que no perdí tanto. Sí, muscularmente, por el hecho de no hacer actividad de fuerza. Pero al estar todo el tiempo en movimiento me sentía bien de energía. Eso sí, me costó bastante recuperarlo después.

¿Cuándo te das cuenta de que estabas completando esta aventura y que lo podías llegar a resolver?

Ya pasando la mitad del recorrido, quizás después de conocer el Cabo de las Agujas —donde se unen los océanos— empecé a comprender que estaba en el medio del sueño. La idea que había surgido con un amigo de ir a Sudáfrica ya se estaba cumpliendo. En ese punto no me relajé, porque cada día traía algo nuevo, pero sí me quedé un poco más tranquilo. Ya estando a pocos kilómetros, pasé varios días en Jeffreys Bay, un lugar conocido por el surf. Allí aproveché para descansar, conocer y cargar energías.

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¿Qué conclusión sacás de este primer viaje?
La travesía fue muy satisfactoria. Haber podido completar esta experiencia corriendo fue un sueño. Además, fue mi primer viaje en solitario, y la conclusión que saco es que cuando uno tiene un sueño o algo que lo motiva, tiene que ir por ello. Cuantas más dudas tengas, más tenés que hacerlo. Aprendí mucho de la gente local, y también de mí mismo: de los límites que uno cree tener y de la capacidad de superarlos. Descubrí que estamos hechos para grandes cosas. Mi conclusión es clara: no hay límites.

¿Lo más lindo o raro que te pasó en estos 42 días de viaje?

Lo más loco quizás fue que me hicieran una nota en un pueblo local. Recuerdo que un día, mientras compraba el desayuno y tomaba un café antes de salir, le conté mi historia a una persona. Esa persona automáticamente llamó al diario local: vinieron a entrevistarme y, de inmediato, me invitaron a andar en kayak, a comer y a dormir. Todo por contar mi historia. Sudáfrica fue una completa locura. Aprendí muchísimo, es una cultura muy linda.

La travesía fue muy satisfactoria. Haber podido completar esta experiencia corriendo fue un sueño. Además, fue mi primer viaje en solitario, y la conclusión que saco es que cuando uno tiene un sueño o algo que lo motiva, tiene que ir por ello

¿El momento más flojito del viaje?
Hubo un tramo en el que la monotonía me empezó a pesar. Me cuestioné qué estaba haciendo, sentía que ya no tenía energía para seguir y no me encontraba cómodo. También fue el momento en que más extrañé a los míos: no tener con quién hablar te hace sentir vulnerable. Pero siempre aparecieron las personas adecuadas, y gracias al soporte de mi familia y amigos, que estuvieron desde el primer momento, pude retomar el rumbo y recuperar la energía. Estoy muy agradecido, nunca me dejaron aflojar.
Sudáfrica tiene algo muy particular: la gente no te pide dinero, te pide comida. Eso marca mucho. No existe una clase media, la sociedad está muy dividida. Hay quienes viven al día, sin agua potable, y se nota la discriminación que todavía existe en el mundo. El racismo está presente, y es fuerte porque África es el origen de todo, pero aún no tiene el lugar que merece.
Aun así, la raza negra le da magia a la vida: la música, el estilo, la cultura. Son únicos en su forma de ser y en la energía que transmiten. Conocí personas muy lindas, que te daban sin pedir nada a cambio, y eso me dejó experiencias valiosas. Aprendí que uno tiende a prejuzgar, pero allí entendí que, aunque muchos vivan en condiciones humildes, mantienen vivos los valores de sus ancestros. Incluso quise ir más al norte, hacia Lesoto, pero no pude porque todavía había conflictos tribales y divisiones entre países. Esa realidad también me marcó mucho.

¿Cómo fue la comunicación con la familia?
Apenas llegué a Sudáfrica lo primero que hice fue comprar un chip para tener señal. Más allá del contacto con mi familia y amigos, era también para orientarme: saber dónde ir, usar el traductor en vivo o tener a quién llamar si pasaba algo. La comunicación con mi familia fue fluida: con mis viejos, mis hermanos, mis amigos, tanto los de Argentina como los de Europa. Ellos fueron mi gran soporte, estuvieron conectados al 100%. Nunca estuve solo.

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