Carreras de aventuraMontañismo

Aconcagua 70 + 70: Montaña y Trail en un mismo desafío

septiembre 10, 2026 — by Andar Extremo

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Carreras de aventuraMontañismo

Aconcagua 70 + 70: Montaña y Trail en un mismo desafío

septiembre 10, 2026 — by Andar Extremo

En febrero de 2026, el Tano Isola y Magui Nieto emprendieron el ambicioso Proyecto Aconcagua 70 + 70. La propuesta consistía en ascender el Aconcagua en modalidad Non Stop desde Horcones, regresar, y de inmediato correr la Aconcagua Ultra Trail de 70 kilómetros. Una hazaña que fusiona montañismo y trail running en un solo reto extremo.

por Andar Extremo, entrevista a Magui Nieto y el tano Isola, fotos: Magui Nieto y el tano Isola

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¿Cómo surge el proyecto y cómo lo encaran?
Tano: El año pasado ya había ido al Aconcagua con la idea de hacer un non-stop, pero desde Plaza de Mulas hasta la cumbre y vuelta, y de ahí salir del Parque Aconcagua para correr la Aconcagua Ultra Trail, que en ese momento tenía una distancia de 90 kilómetros. Quería unir ambos deportes, pero no pude: llegué hasta Las Cuevas, a 6.600 metros, después de subir desde Plaza de Mulas. Al llegar me di cuenta de que había errado en el horario de arranque, me había demorado más de lo esperado y se me fue la ventana de cumbre. El clima estaba muy bien y yo también, probablemente tenía destino de cumbre, pero sentí que la bajada se complicaba por el horario y porque venía un frente de tormenta. Así que decidí bajar. Este año quería repetir exactamente lo mismo: desde Plaza de Mulas y después correr la Ultra Trail, que en esta ocasión iba a ser de 70 kilómetros. En el medio, mientras tramitaba y charlaba con sponsors, la gente de Weiss —Caro Mourazos— me dice: “Che, Magui está en un proyecto muy similar al tuyo”. Así que inmediatamente me puse en contacto con ella, y ahí me contó su idea.

Magui: Mi proyecto era distinto. Hace varios años que tengo la idea de intentar la cumbre en modalidad non-stop, Horcones–Cumbre–Horcones. No buscaba un récord femenino, sino simplemente hacerlo en non-stop, llevarme el tiempo que me lleve, aunque calculaba menos de 30 horas. Para eso ya había estado varias veces en el Parque: la primera vez que quise hacer cumbre no pude, la segunda vez sí lo logré. Me estudié los tramos y me di cuenta de que se podía hacer, que la distancia en sí ya la había recorrido en carreras. Además, ya tenía tolerancia a pasar la noche sin dormir. Mi proyecto era hacer cumbre non-stop y volverme a mi casa tranquilamente. Y justo en ese momento me escribe el Tano. Ni lo pensé: ya lo conozco, sé que tiene experiencia en montaña, así que le dije “vamos”. Y ahí empezamos a armarlo juntos.

¿Por qué elegir Horcones–Cumbre–Horcones y no algo más tranquilo?
Magui: Porque ese recorrido lo han hecho muy pocas mujeres argentinas, e incluso en el mundo son pocas las que lo intentaron. Algunas lograron tiempos récord, como la ecuatoriana Daniela Sandoval, que completó el desafío en 20 horas y 17 minutos. Pero la historia que más me marcó fue la de la médica esposa de Carlos Tejerina: un día salió desde Horcones, pasó por Plaza de Mulas, se sintió bien, siguió hasta la cumbre, bajó nuevamente a Mulas y, tan feliz de haberlo conseguido, se quedó allí a festejar. Cuando me contó su experiencia pensé: “Qué lindo, yo también lo voy a hacer”.
Creo que es una de las pocas mujeres argentinas que lo intentó, y no sé si existe otro registro femenino nacional de este recorrido. A mí siempre me atrajo la distancia larga, estar muchas horas en movimiento. Eso te obliga a superar barreras mentales y físicas, y es justamente lo que buscaba.

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“A mí siempre me atrajo la distancia larga, estar muchas horas en movimiento. Eso te obliga a superar barreras mentales y físicas, y es justamente lo que buscaba” Magui Nieto

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¿Cuántos kilómetros hay de Horcones a Plaza de Mulas?
Tano: Es un famoso “falso llano”: son 26 kilómetros con casi 2.000 metros de desnivel. El suelo, por sectores, es muy arenoso, suelto y blando. En pocos tramos se pisa con firmeza, lo que genera un desgaste extra. Por eso, aunque hacia la cumbre se lo considera la parte más sencilla —entre comillas—, en realidad es un tramo que va quitando energías de a poco, con esa falsa atracción que te desgasta sin que lo notes.

Magui: Además hay que elegir bien dónde cruzar el río, porque el caudal cambia todos los días: no es lo mismo de noche, a la mañana o a la tarde. Y lo importante es no mojarse los pies. Esa decisión se vuelve clave, sobre todo en la zona de Playa Ancha, que es bastante extensa y puede marcar la diferencia en el avance.

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“Para realizar este proyecto no basta con conocer el terreno, la geografía y las características de la zona: también hay que conocerse profundamente en lo físico, en lo mental y hasta en lo espiritual” Tano Isola

¿Todo esto lo pensaron en autonomía, solo ustedes dos, o tuvieron asistencia en distintos puntos?
Tano: Ya desde el año pasado, cuando había intentado este acometido en solitario, lo había pensado de la misma manera para este año. De hecho, Magui tenía algunas comodidades planeadas y desistió. Por ejemplo, tenía a disposición una mula para llevar equipo hasta Plaza de Mulas. Pero cuando le conté que mi idea era hacerlo en autonomía total, de la manera más purista posible dentro de las condiciones que ofrece el Aconcagua, nos fuimos tentando y subiendo la vara. Eso fue algo que rescato y que me gustó mucho: ella también desistió de la carga en la mula y todo el material lo llevamos nosotros en la espalda.

Magui: Nunca me imaginé que la mochila iba a pesar 30 kilos, pero bueno, sirvió como entrenamiento. Esos 30 kilos no los llevamos en la tirada non-stop, sino en la parte de aclimatación. Primero fuimos al campamento Confluencia, después a Plaza de Mulas, armamos campamento, subimos al Bonete para entrenar, luego a Nido de Cóndores, y después bajamos con todo ese peso. Ya en el período non-stop lo hicimos bastante más liviano.

Tano: De hecho, antes de empezar el proyecto ya habíamos recorrido entre 80 y 90 kilómetros porteando cosas. En esas incursiones de aclimatación aprovechábamos para llevar material hacia arriba. Así que antes de arrancar el primer tramo de 70 kilómetros ya teníamos encima casi 90 kilómetros de entrar, salir y aclimatar. Sabíamos que por un lado resignábamos energías, pero por el otro ganábamos mucho en fuerza y aclimatación. Al final, la balanza se compensó.

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¿Hacer estos proyectos viene de cansarse un poco de las carreras?
Magui: Es más bien buscar otras formas de explorar la naturaleza. Somos exploradores, nos gusta conocer los lugares de distintas maneras. A veces disfrutamos la competencia y la situación de contrarreloj, y otras veces preferimos estar sin apuro, quedarnos y simplemente vivir el entorno. Se trata de encontrar variantes para descubrir lugares, ponernos desafíos importantes que implican entrenamiento, preparación en equipo, logística y también fortaleza mental. Siempre buscamos conocernos, ver hasta dónde podemos llegar, y experimentar la naturaleza en todas sus formas: en bici, en kayak, corriendo o caminando. En el caso del Aconcagua 70 + 70, coincidimos los dos en esa visión. Hay caminos diferentes entre el montañista y el trail runner, dos maneras distintas de acercarse a la montaña. A veces nos sentimos más montañistas que corredores, pero lo que queríamos mostrar es que ambas facetas pueden convivir, respetándose mutuamente. Así transitamos la montaña en modo alpino, cargando nuestras cosas, y también en modo más ligero, como trail runners, corriéndola y disfrutándola. Nos gusta desafiarnos de esa manera, porque cada forma de vivir la montaña aporta una experiencia distinta y complementaria.
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¿Qué características tiene que tener una persona para hacer velocidad en montaña?
Tano: Lo primero es conocer la montaña y conocerse a uno mismo. Eso es clave para poder vincular las dos actividades. Estar tantas horas expuesto al esfuerzo, y en este caso a tanta altura, implica condiciones climáticas muy particulares de la alta montaña. No basta con conocer el terreno, la geografía y las características de la zona: también hay que conocerse profundamente en lo físico, en lo mental y hasta en lo espiritual. Con Magui estuvo buenísimo porque, más allá de que ya nos conocíamos como atletas y corredores, nunca habíamos compartido una experiencia tan extrema. Fue bastante jugado, pero la buena onda nos llevó a animarnos. Durante el desafío charlamos muchísimo; coincidíamos en mantenernos humildes, súper concentrados y en dejar el ego en el auto. Cuando estacionamos el auto de Magui en Horcones, nos prometimos que no íbamos a ir más allá de lo que pudiéramos manejar.
En montaña hay cosas que no se pueden controlar, pero estábamos seguros de que no íbamos a cometer errores por orgullo. Si alguno de los dos notaba un límite, íbamos a saber ser humildes y tener buena lectura para volver a casa sanos y salvos. Magui tenía a sus hijos esperándola en Córdoba y yo a los míos en Salta, y ninguno de los dos quería arriesgar más de lo necesario.

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¿Cuando uno se pone en un plano superior está más expuesto a que pasen cosas malas?
Tano: No es lineal. En la montaña pueden ocurrir accidentes incluso siendo completamente humildes. Pero muchas veces esa cuota de no querer volverse sin el objetivo —ya sea por ego, presión o compromiso— te puede costar caro: desde perder algunos dedos hasta directamente no volver. Durante los días que estuvimos en el Aconcagua, lamentablemente hubo montañistas que perdieron la vida. Eso nos mantuvo hiper enfocados en lo que estábamos haciendo, súper concentrados y muy atentos a cualquier señal en contra. La realidad es que los dos sentimos que el proyecto no había fallado por no hacer cumbre. Por eso estamos tan tranquilos: dimos todo, estábamos al máximo físicamente y descubrimos que teníamos un nivel muy parejo, tanto físico como mental. Ninguno de los dos tenía que esperar al otro, ni había ímpetu por avanzar más rápido, ni aflojes mentales. No hubo necesidad de empujarnos, porque todo lo íbamos charlando y proponiendo en pequeños debates entre nosotros. Incluso aprovechamos la aclimatación en Plaza de Mulas para conversar con gente de gran criterio y experiencia, como Marianito Vázquez, Gustavo Fuenzalida de Ecuador, Ulises Corbalán, Dieguito Cofone del Team Ansilta. Todos ellos nos transmitieron confianza y nos dieron la posibilidad de debatir cuestiones importantes. Eso hizo que las cosas salieran bien, a pesar de no haber alcanzado la cumbre. Nos quedó la tranquilidad de que lo dimos todo y que el objetivo no se logró por factores que no podíamos manejar, como el clima.

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¿El tema de la alimentación lo planificaron ustedes o tuvieron ayuda extra?
Magui: Lo planificamos nosotros, pero tuvimos una ayudita extra de Nancy Quiroga, de Paredur, que nos invitó a cenar varias noches seguidas. No podíamos decir que no a un plato de comida delicioso. Después, teníamos toda nuestra alimentación preparada, tanto para el ascenso non-stop como para los momentos de aclimatación. También los chicos de Grajales Expediciones nos ofrecían comida, y claro, aceptábamos. Sí, comimos mucho, tuvimos hambre, pero la verdad es que hemos comido bien.

Tano: El estómago funcionó a la perfección, por suerte. Hasta en eso estábamos alineados con Magui. Fue planificación personal de los dos, sumada a la ayuda desinteresada de gente que se copó y nos brindó su apoyo con una onda increíble. Obviamente lo aceptamos, porque hizo que todo fluyera con mucha energía positiva.

Magui: La cena era también un momento de encuentro. Charlábamos con gente del lugar y las conversaciones eran tan interesantes que decíamos “hoy vamos a dormir temprano” y al final nos quedábamos hasta cualquier hora. Conocimos, por ejemplo, a Miguel, del museo de arte de Plaza de Mulas, que tiene la galería de arte más alta del mundo. Fue un espacio lleno de espiritualidad y conexión.

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¿Terminan el proceso de aclimatación y se vuelven a Horcones para arrancar?
Tano: Así fue. Terminamos el proceso de aclimatación, que nos llevó unos seis días, y salimos con todo el equipo. Como comentamos, dejamos parte del material en Plaza de Mulas y otro tanto en Nido de Cóndores. Arrancamos el proyecto muy entusiasmados y con la energía a tope; creo que ninguno de los dos tenía puntos flacos en ese momento. El clima fue todo un tema, porque durante todo febrero estuvo muy complicado. De hecho, cuando llegamos a Mulas, en lo que iba del mes no se habían logrado cumbres, ni siquiera por los métodos tradicionales ni con oxígeno. Era algo bastante anormal, tantos días sin ventana.
Dentro del esquema que teníamos, elegimos un momento que parecía abrirse, aunque con la contra de que no estábamos cerca. La gente que estaba en Cólera, a 6.000 metros, tenía la ventana a tiro para intentar cumbre. Nosotros, en cambio, teníamos que calcular al menos 15 horas extras de margen porque arrancábamos desde Horcones. Era entrar por una “puertita” muy chiquita, pero esa fue la acometida que diagramamos y así lo empezamos.

Magui: Finalmente arrancamos desde Confluencia, porque teníamos el permiso de ascenso normal, no el de intento de récord, y después del 15 de febrero ya no se puede salir del parque. Entonces dormimos en Confluencia y desde allí bajamos a Horcones para iniciar el proyecto. De Horcones volvimos a Confluencia, seguimos a Mulas, donde comimos algo, descansamos una hora y arrancamos para arriba. El clima era perfecto. Al llegar a Mulas nos recibió un cóndor otra vez, comimos riquísimo —¡gracias Nancy!— y salimos contentos hacia arriba. Llegamos a las Piedras Conway sin viento, con un clima cálido y alucinante. Incluso vimos algunas cosas raras que nos sorprendieron.

¿Qué cosas raras vieron?
Magui: Vimos unas luces sin explicación, estábamos a 5.300 metros de altura. Los dos las vimos y después desaparecieron, no se acentuaron. Eran como cuatro luces en un rincón donde, justamente, un montañista nos había contado noches antes que allí solían aparecer luces. Él nos señalaba el lugar y no había nada. Cuando empezamos a subir, pasando Campamento Canadá, se ven las luces del Cristo Redentor. Yo le digo a Tano: “Mirá, esas son las luces del Cristo Redentor, está a 4.500 metros, iluminado, pero ahí solo llega un camino. La ruta a Chile pasa por abajo, por el túnel”. Seguimos subiendo y de repente le digo: “Tano, mirá esas luces”. Eran tres naranjas y una blanca. Se prendían fuerte, se apagaban, se movían lento. Ya no había explicación racional.

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¿A partir de allí se complicó con el viento?
Tano: Sí, a partir de los 5.200 metros empezó el viento. Al principio eran ráfagas que nos daban pequeños respiros: soplaba fuerte y luego calmaba. Pero en un momento se volvió constante y cada vez más intenso. No aflojaba, al contrario, aumentaba más y más, y eso hizo que la temperatura descendiera de golpe. Íbamos livianos, sin botas dobles, solo con rígidas, porque el plan era hacerlo en modo rápido. Pero el frío repentino empezó a cambiar los planes. Ya nos costó encontrar el refugio: íbamos a parar en el domo de Grajales, en Nido de Cóndores, a 5.500 metros. La idea era cambiarnos, comer y seguir con el equipo de alta montaña. Sin embargo, en medio de la noche nos resultó difícil ubicar el domo, porque el viento se volvió insoportable. Fue la primera señal clara de alarma.

¿Qué es lo que más molesta del viento, el cambio de temperatura o el avance?
Magui: Las dos cosas. Porque era una noche oscura, sin luna, y el viento ya no nos dejaba ni abrir bien los ojos: solo mirábamos el piso. Las ráfagas fuertes nos tumbaban por momentos. Venía cruzado y nos fue sacando de la senda que debíamos tomar para llegar al campamento de Grajales en Nido de Cóndores. Terminamos en la zona de otros campamentos, y como el de Grajales estaba más arriba, pensamos que nos habíamos pasado hacia Cólera. Miramos el reloj y dijimos: “Debe estar atrás de eso”. Sin saber con certeza, nos arriesgamos. Caminamos por una cornisa congelada, con nieve dura y el viento soplando fuerte. No teníamos crampones, solo botas comunes. Así que clavábamos el bastón de trekking y nos agarrábamos de las piedras con los dedos congelados. El viento te ponía todo en contra, me da frío de pensarlo. Pero dimos esa vueltita y finalmente vimos el domo. Dijimos: “Bueno, es acá”.

“Durante el desafío charlamos muchísimo; coincidíamos en mantenernos humildes, súper concentrados y en dejar el ego fuera de la montaña” Tano Isola

¿Qué pasó en Nido de Cóndores?
Tano: Cuando nos metimos al domo fue como una inyección de energía. Teníamos la idea de que el viento iba a durar un rato más y después nos daría la oportunidad de seguir. Lejos de pensar en abandonar, nos cambiamos, calentamos agua y preparamos la comida que habíamos llevado liofilizada. El plan seguía, aunque afuera el viento era una bestialidad: por momentos parecía que el domo se iba a volar. En Nido no pasó, pero más arriba, en Cólera, sí se voló uno. Las ráfagas superaban los 100 kilómetros por hora. Éramos los únicos caminando la montaña; todos los demás estaban encerrados. Al día siguiente nos enteramos que a dos chicas el viento les arrancó la carpa mientras dormían. Por suerte solo sufrieron algunos golpes. Esperamos unas tres horas, pero ya nos habíamos enfriado y el panorama del viento era cero alentador. Cerca de las cinco de la mañana tomamos la decisión de esperar el amanecer y, con la luz del día, empezar a bajar. Cuando amaneció, preparamos las cosas y emprendimos el descenso. Nos llevó muchísimo tiempo: hasta llegar a Canadá fue durísimo, porque ni siquiera bajando podíamos avanzar con normalidad.

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¿Tenían que cuidarse porque el proyecto seguía con la competencia?
Tano: Exactamente. Tampoco podíamos permitirnos lamentarnos, porque el proyecto seguía y los dos estábamos entusiasmados. Al llegar a Plaza de Mulas nos recibió Nancy otra vez, y la verdad que fue una hermosura. Creo que fue uno de los abrazos más lindos que me dieron en mi vida, y a Magui le pasó lo mismo. Más allá de que siempre tuvimos seguridad —salvo ese tramo en el que estuvimos un poco más expuestos—, la experiencia fue angustiante porque son muchas horas de estar peleándola. Por momentos Magui se dormitaba y yo no sabía si era por cansancio o por frío. No la dejaba dormir, la despertaba para asegurarme de que estuviera bien. Pero bueno, como te dije, nos recibió Nancy en Plaza de Mulas. Desayunamos porque ya era de mañana, descansamos un poco, dormimos unos 45 minutos y el plan siguió. Arrancamos para abajo, cargando todo lo que habíamos porteado, y metimos la cometida de nuevo hasta Confluencia para cerrar el tramo. Cuando estábamos llegando nos envalentonamos y dijimos: “Vamos a salir”. En realidad, con volver a Confluencia ya estaba cumplido, porque inicialmente habíamos salido de allí. Pero decidimos completar el trayecto, fuimos al hostel y descansamos mejor para la carrera. Metimos esos kilómetros extra que terminaron de completar los 70. O sea, la parte del kilometraje se cumplió: no pudimos con la cumbre, pero los kilómetros sí. Nos llevó 36 horas hacer esos 70 kilómetros.

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¿Qué tiempo de recuperación tenían entre la carrera y el Aconcagua?
Tano: Tuvimos unas 20 horas, porque la carrera largaba a las 5 de la mañana. Fue básicamente comer y dormir todo lo que pudimos. Lo que más queríamos era salir del parque para darnos el gusto de una milanesa a la napolitana con huevos fritos. Cuando llegamos a la base nos fuimos a Penitentes, que era el epicentro de la carrera. Fue muy lindo porque desde ese momento empezamos a cruzarnos con corredores que ya estaban llegando y que sabían de nuestro proyecto. Había alumnos de Magui, y la verdad que fue hermosísimo: todos estaban expectantes y eso nos devolvió un montón de energía.

“Tuvimos unas 20 horas de recuperación luego de intentar la cumbre del Aconcagua, porque la carrera largaba a las 5 de la mañana. Fue básicamente comer y dormir todo lo que pudimos” Tano Isola

¿Qué experiencia tuvieron al largar una carrera luego de hacer semejante actividad de montaña?
Magui: Largué de manera muy conservadora. Había 20 horas para completarla, así que la idea era dar la vuelta y terminar la distancia antes de los cortes. Nunca estuvo en mis planes correrla fuerte ni buscar resultados. Arranqué trotando, controlando la respiración siempre por nariz para no pasarme de ritmo. Si me pasaban, me quedaba atrás. De a poco me empecé a sentir mejor, las piernas se soltaron y empecé a correr más rápido. Cuando entramos a Horcones me sentía bien y pensé: “Me da para acelerar un poquito más”. Conocía el terreno y dije: “Acá empieza mi carrera”. Me puse en modo competencia, dejé atrás el cansancio de los días anteriores y empecé a correr donde se podía, y a caminar rápido o trotar en los tramos más técnicos. Habíamos subido y bajado a Confluencia muchas veces en los días previos, conocíamos cada piedra. Eso me dio ventaja: donde otros caminaban lento, yo podía caminar rápido o incluso trotar. Así llegué al puesto de control de Plaza Francia y me dicen: “¡Vas primera!”. Faltaban 50 kilómetros todavía, pero me hizo un clic en la cabeza: “Sí, voy primera y lo voy a cuidar. Esta carrera me la quedo, es mía”. Y empecé a correr hacia abajo con esa convicción.

Tano: Yo salí directamente en modo competitivo desde el arco. Me uní a Maru Fernández, una gran corredora mendocina que está creciendo mucho. Vi que podía seguirla y me sentía fuerte. La ventaja que teníamos con Magui, más allá del cansancio, era que estábamos aclimatados. Llegar a Plaza Francia, a 4.200 metros, nos daba más capacidad pulmonar, aunque no sabíamos cómo iban a responder las piernas. Lo mismo que Magui: me sentía tan bien que incluso me fui más adelante. Sabía que los punteros estaban muy fuertes y no los iba a alcanzar, pero tenía la sensación de que podía meterme entre los diez primeros. Fue un carrerón, todo me salió bien, sin molestias de ningún tipo. Iba chequeando cada pocos kilómetros y como me sentía bien, decidí darle. Pensé: “Si reviento, reviento”. Por suerte no pasó. Llegué en cuarta posición en la general, realmente feliz. Los últimos 10 kilómetros fueron durísimos: el mismo viento que nos había complicado en la montaña apareció otra vez en la carrera. Había que hacer un filo muy largo, uniendo tres cumbres, y el viento pegaba con una fuerza tremenda. Nunca había vivido una situación con tanto viento: rodillas al piso y aguantar. El filo tenía apenas cuatro metros de ancho, así que las posibilidades de caerse eran reales. Fue un tramo de máxima concentración y estrés.

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¿Cómo terminaron después de una exigencia tan grande?
Tano: Nos sorprendió lo bien que quedamos a pesar del palizón. Yo volví a casa entero. Justo estaban dos grandes amigos, Agustín y Maxi, que habían venido de Buenos Aires a Salta el mismo día que yo llegaba. Venían hambrientos de montaña y esa semana siguiente me fui a entrenar con ellos. La pasé genial, y aunque me sentía fatigado, no tuve ninguna secuela, molestia ni lesión. Después que los chicos se fueron, ahí sí me tomé un descanso casi total, porque sabía que el castigo estaba, más allá de mis sensaciones. Además, la adrenalina del proyecto, el entusiasmo de la gente —que se copó muchísimo, incluso sin haber hecho cumbre— nos mantuvo enchufados. Pero luego opté por dos semanas de bajar el ritmo: dormir, comer, reponer. Porque el ciclo es así: descansar, recuperar y empezar de nuevo.

Magui: Dormir, comer, dormir, comer. En mi caso coincidió con el comienzo de clases y toda la logística de llevar a los chicos al colegio, comprar materiales, reuniones… eso me obligó a parar. No me quedaba otra, así que mi recuperación no fue la mejor. Igual, apenas me dijeron: “Vamos a correr una carrerita de bici”, dije: “Bueno, vamos”. Total, bici, ¿qué me va a hacer? Así que mi recuperación fue en la calle y arriba de la bici.

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¿Cuál es la conclusión de este proyecto?
Tano: Lo primero, y en eso coincidimos mucho con Magui, es el sentimiento de que se puede hacer. Con trabajo, estudio, planificación, conciencia y responsabilidad, el proyecto se puede llevar adelante. La idea es volver, porque sabemos que lo podemos lograr y estamos convencidos de ello. La otra gran cuestión que charlamos fue la de transmitir. En mi caso, ya me estoy poniendo más grande y creo que hay que tentar a las nuevas generaciones. Hay chicos que están andando muy fuerte y que se toman este deporte con mucha seriedad. Nuestra intención fue contagiar a esa nueva gente que está llegando o que ya está instalada, para que se animen a estos proyectos y se desafíen a ir un poco más allá, siempre dentro de un marco de responsabilidad. Las posibilidades son enormes y hay material humano para hacerlo. Esa es, al menos, mi conclusión.

Magui: De mi lado, puedo aportar la mirada de la mujer. También me estoy poniendo grande y tengo toda una vida en esto de las aventuras. Pero lo que más me mueve es incentivar a las mujeres, a las madres, a que salgan a cumplir sus sueños, sea en el arte, la costura, el tejido, los viajes o lo que sea. Que no sientan que tienen que estar únicamente abocadas a la crianza de los hijos. Porque criar también es enseñarles que si tenemos un sueño, una meta, algo que queremos hacer, debemos luchar y trabajar para lograrlo. No que vean que mamá se queda siempre en casa, dedicando su vida solo a ellos. Eso es lo que transmito a mis alumnas y amigas: “Vayan y hagan”. Muchas veces me dicen: “Pero los chicos, justo…”. Y yo les respondo: “Dejalo, cuando tenga 25 años no se va a acordar si a los 4 lo viste en el acto del colegio o no”.

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“Lo que más me mueve es incentivar a las mujeres, a las madres, a que salgan a cumplir sus sueños, sea en el arte, la costura, el tejido, los viajes o lo que sea” Magui Nieto