Entrevista a Gustavo Rodríguez por Andar Extremo, fotos Gustavo Rodríguez

Sos multifacético: escalador, montañista… y ahora al agua. ¿Cómo se les ocurre hacer una travesía tan larga?
Yo creo que tengo en la memoria alguna travesía así de Antonio de la Rosa, que hizo la circunnavegación de la península ibérica. Pero creo que él iba de playa en playa y lo iban esperando. No era tan en plan equipado como fuimos nosotros.
¿Cómo comienza este sueño por el río Chubut?
Tiene varios comienzos. A mitad de año empezamos a cranearlo, estábamos remando con mi hermano José en La Saladita, en Avellaneda. Veníamos metiéndole mucho: saliendo al río, a Chascomús, moviéndonos un montón.
Y, paralelamente, hace 30 años —en el ‘95— habíamos hecho un viaje en bicicleta desde Bariloche hasta Puerto Madryn. Somos de Madryn. Entonces José me dice: “Tendríamos que hacer algo para rememorar ese viaje de hace 30 años”. Pero en bici no teníamos tantas ganas. Entonces me propone bajar un río con las tablas. Estuvimos averiguando, y en un principio pensamos en el río Negro, pero nos dijeron que era bastante complicado por los rápidos. Así que nos decidimos por el río Chubut. No lo conocíamos, pero era la oportunidad de hacer algo diferente. Ahí se sumó mi sobrino más chico, Martín, y mi hijo Santino, de 17 años. Así que un poco nace para homenajear aquel viaje en bicicleta, llegar a la provincia, lo más cerca posible de Puerto Madryn, pero esta vez con las tablas.
A mediados de año empezamos a conseguir las tablas y el equipamiento. Porque una cosa es remar en la laguna, en aguas planas, y otra muy distinta es ser autosuficiente durante varios días en un río caudaloso. Planteamos el viaje para unos diez días. Al final quedó más corto, pero no sabíamos realmente cuánto nos llevaría. Cargamos un montón de comida, gas para cocinar, y sin tener una idea clara de dónde parar. Sabíamos que había un pueblito muy chiquito pasando Piedra Parada, que se llama Paso del Sapo. Era un punto donde teníamos conexión con el exterior. Pero desde ahí, y en todo el tramo hasta Los Altares, no sabíamos si íbamos a tener logística externa. Así que era llevar todo en las tablas… y esperar que salga todo bien.

¿Desde dónde salieron y hasta dónde llegaron?
Empezamos desde Gualjaina, cerca de Esquel. Es un lugar muy conocido porque desde ahí se va a escalar a Piedra Parada, que es un sitio emblemático de escalada en Argentina, donde viene gente de todo el mundo. En un principio la idea era llegar hasta el Dique Ameghino, pero unos días antes de salir estuvimos recabando información y nos dijeron que entrar al dique con las tablas podía ser peligroso. Así que lo cortamos en Los Altares.
Fue de Gualjaina a Los Altares, casi el centro de Chubut. Cuando cruzás toda la estepa, el pueblito está justo en el corazón de la provincia.

¿Cuántos kilos llevaba cada uno?
Un poco menos de 20 kilos. La realidad es que fuimos livianos de ropa. Éramos cuatro. Llevamos tablas Aquamarina: ellos nos dieron tres, y un amigo me prestó la cuarta. Todas inflables. Garmont Indumentaria nos dio ropa súper liviana, que si se mojaba se secaba fácil. Hidra Sport también nos apoyó.
La idea era llevar poco abrigo. No llevamos carpa, no llevamos aislantes. Dormíamos arriba de las tablas, y eso alivianó muchísimo el peso. Hicimos un par de pruebas de equipaje acá en La Saladita, para saber cómo se comportaban las tablas. Una cosa es remar parado con tu propio peso, y otra muy distinta es llevar 15 a 18 kilos distribuidos en la punta y en la parte de atrás. Se navega diferente. Y realmente se mueve diferente la tabla. Por suerte hicimos esas pruebas y aprendimos un montón durante toda la travesía.
Cada día empezábamos el siguiente día aprendiendo. Lo que estuvo bueno fue que usamos las tablas como aislante para dormir: eran nuestro colchón. A la tarde las desinflábamos un poco, quedaban blanditas. A la mañana las volvíamos a inflar, les dábamos la presión necesaria para seguir. Por las dudas que lloviera, llevamos un cubretecho grande impermeable. Lo usamos un solo día, con Santi, para cubrirnos del viento.
Nosotros teníamos como objetivo hacer entre 30 y 40 kilómetros por día. Entonces había que meterle para poder llegar a esa cantidad y cumplir con el tiempo que queríamos
¿Cambia la postura de la tabla cuando uno rema sin carga, que con carga?
Cambia muchísimo, porque el centro de gravedad de la tabla se modifica. La tabla iba muy cargada adelante, sobre todo la de José y la mía. Entonces, cuando había poca profundidad, las quillas tocaban el fondo. Nos la pasamos caminando sobre la tabla, hacia la punta, para levantar la cola y despegar la quilla. Era un trabajo muy físico.
Remábamos entre seis y ocho horas por día. Los últimos días fueron más largos.
Cortábamos al mediodía, nos escapábamos un poco del sol, comíamos, descansábamos, y volvíamos a remar hasta las 18:30. Ahí buscábamos algún lugar donde acampar —en cualquier lado—, cenábamos, verificábamos que las tablas estuvieran bien, corregíamos cosas del equipaje… y a dormir.

¿Cómo fue la salida y los primeros días?
Salimos desde Gualjaina, desde el primer puente que está después del pueblo. La mayoría sale desde un puente más cercano a Piedra Parada, pero después nos dimos cuenta de que los árboles están muy caídos sobre el río y no se puede navegar. Ese primer tramo lo hicimos bajando y transportando las tablas por tierra en varios lugares.
También habíamos llevado mucha cantidad y calidad de comida, que con el correr de los días se fue aligerando. Entonces, la distribución del peso en las tablas también cambiaba.
Un punto importante fue que, en el cuarto día —la travesía duró ocho—, nuestra logística externa se tuvo que ir. Eso nos cambió todo, porque mi camioneta estaba en Paso del Sapo y no podíamos dejarla ahí: no teníamos cómo ir a buscarla después. Buscando una solución, resolvimos que José —mi hermano— y mi sobrino seguirían por tierra, y mi hijo Santino y yo seguiríamos por el agua hasta Los Altares. Ahí, de alguna manera, se desarmó el equipo. Y otra vez hubo que reaprender un montón de cosas.
El tema del equipaje se complicó, porque no es lo mismo llevar entre cuatro que entre dos. Ese día que salimos a remar los dos solos, las primeras horas fueron de mucha duda, pensando si la decisión había sido la correcta. Pero bueno… la experiencia fue increíble. Remar con tu hijo, aislados y en plena naturaleza, es algo muy fuerte. Es hermoso.

¿Son estables las tablas?
Hubo momentos en que nos caímos varias veces. Te subís a la tabla por primera vez y no te querés caer —ni en la laguna, ni en el río, ni en el mar, ni en ningún lado— pero caerse es parte del deporte. Es diferente cuando estás en ríos que en algunos tramos se mueven mucho, tienen profundidad o rápidos. Tuvimos un par de instantes donde realmente dijimos: “Si nos pasa algo acá, estamos en el medio de la nada. Hagamos las cosas bien, sin arriesgar, porque acá no nos encuentra nadie”.

Cuando decís de ser prolijos, ¿cómo se cuidaban?
La lectura del río no la teníamos tan clara. Fuimos aprendiendo día a día. Empezamos a entenderlo los lugares dónde había piedras, dónde había profundidad, dónde no, y por dónde eran los pasos seguros. Lo que teníamos claro era que había que escapar de los árboles, porque la corriente te empuja contra ellos y quedás atrapado.
Entonces empezamos a desarrollar otro tipo de maniobras para leer el río. Lo hicimos varias veces, y en eso Santi y Martín tenían muy buen ojo. Eso te va dando confianza. Pero así como te da confianza, también tenés que ser cauteloso, prestar atención y no arriesgar.
También nos cuidábamos con la hidratación y del sol. Una marca que se llama “La Banda del Sombrero” nos dio unos sombreros bien grandes, de ala ancha, porque el sol castigó fuertísimo. Nos cuidamos para no insolarnos ni quemarnos, porque eso te puede dejar afuera de la travesía.
Algo que me llamaba la atención del SUP es que, ante una caída, no es como en el kayak, donde te das vuelta o estás más cerca de lo que vas a golpear. Acá puede ser más peligroso, porque la tabla sigue navegando… pero el que se cayó sos vos. También aprendimos que en muchos de los rápidos, al principio, nos sentábamos o nos arrodillábamos en la tabla para bajar el centro de gravedad. Y entendimos que, si nos parábamos y buscábamos el balance, la tabla respondía mejor. La realidad es que es un instante… segundos que pasás por el rápido. Pero la adrenalina es muy fuerte.

Creo que comer después de exigencias mortales es una de las satisfacciones más grandes que hay en la vida

¿Cómo es estar remando de 6 a 8 horas con esa postura?
Las piernas se cansan un montón: los pies, los dedos, la planta del pie… porque estás aferrándote a la tabla todo el tiempo. Los últimos días, con mucho viento en contra, se nos cansaron muchísimo las pantorrillas. Y también dolían las manos y los hombros, por remar y sostener la pala. Casi todo el tiempo había que remar para poder avanzar, porque si no era muy lento. Nosotros teníamos como objetivo hacer entre 30 y 40 kilómetros por día. Entonces había que meterle para poder llegar a esa cantidad y cumplir con el tiempo que queríamos.

¿Cómo hacían para comer y beber durante la travesía?
Cada uno llevaba por lo menos dos litros de agua en su tabla, y en una bolsita Ziploc: frutas secas, turrón, alguna barrita de chocolate. Todo el tiempo íbamos comiendo. Nos obligábamos a comer y a tomar agua. Parábamos, nos sentábamos en las tablas a caballito, nos juntábamos los cuatro, nos hidratábamos, comíamos… y seguíamos.

¿Qué accesorios llevaron para esta travesía?
Los primeros días íbamos todos con chaleco, porque sabíamos que había rápidos y que el río era más peligroso. También llevábamos las pitas de las tablas, siempre agarradas a los tobillos. Habíamos llevado trajes de neoprene, por si hacía falta usarlos, pero la verdad es que en ningún momento fue necesario. La temperatura estaba buena, tanto la del agua como la del exterior. Todos teníamos bolsos estancos. Yo había llevado un petate de Garmont, donde metíamos toda la comida y las cosas pesadas. Así entraba todo en uno solo, no había demasiado bulto, y con eso nos movimos.
La experiencia fue increíble. Remar con tu hijo, aislados y en plena naturaleza, es algo muy fuerte. Es hermoso
¿Se la vieron medio dura en algún momento?
Y… los dos últimos días fueron difíciles. Estábamos muy cansados, con los pies muy sensibles, mojados todo el día. Eso fue duro, porque la piel se pone muy frágil después de tantos días.
Y lo otro fue el viento, que nos la hizo pasar muy mal. El último día remamos más de 50 kilómetros. Fue el día más largo de todos. Teníamos que encontrarnos con José y Martín en el punto de extracción, ahí en Los Altares. Y ahí apareció la ansiedad. Por más experiencia que tengas, la cabeza es terrible. Querés llegar, mirás la hora todo el tiempo, ves los kilómetros, decís “ya estoy cerca”… y era una hora más, y el viento, y mucha hambre, porque no habíamos podido parar a comer. Ese día fue muy duro desde lo físico, pero también desde lo mental. Nos puso a prueba. Aunque, sin dudas, el día más difícil fue cuando salimos a remar solos, sin la mitad del equipo. Porque… nada, es difícil. Soñás con algo durante tantos meses, y de repente se rompe.

¿Y cómo fue esa llegada?
Los últimos días, ya cruzando la estepa, los bordes del río eran muy altos.
El último día no pudimos salir del agua para almorzar, porque no había cómo trepar. Era un barranco de 2, 3, 4 metros —algunos más altos— y no encontramos un lugar donde salir. Así que estuvimos ocho horas, literal, arriba de la tabla.
Ese día veníamos bordeando la Ruta 25, y en un momento el río se une con la ruta.
Vimos que pasaban autos por arriba… y ese era el punto donde nos tenían que sacar. Veo a mi sobrino que empieza a gritar. Mi hermano había hecho una fogata para que viéramos el humo. Abrazo, beso, llanto, foto… y comer. Porque estábamos muertos de hambre.
La verdad que estuvo buenísimo volver a encontrarnos. Y también que nos hayan quedado días libres, porque de ahí nos fuimos a Madryn.
Creo que comer después de esas cagadas a palo mortales es una de las satisfacciones más grandes que hay en la vida. Mi hijo se bajó un pan de membrillo, que vienen cerrados solo con galletitas… en diez minutos, del hambre que tenía.

¿Qué cosas cambiarías para otra travesía de SUP que ya aprendiste con esta?
Para empezar, quillas cortas, aprendimos que hay quillas de río que se pueden cambiar en la tabla, o se le pueden agregar dos quillas más pequeñas a los costados y una central más corta, para que no pegue tanto abajo. Sobre todo en condiciones como las que tuvimos, con el río muy bajo. Eso nos demoraba muchísimo y te va atrasando.
Otra cosa, no llevar neoprene y llevar menos comida. Llevamos muchas cosas de más, y eso es peso que no te suma. Y algo fundamental que estamos viendo cómo resolver es el tema de la comunicación satelital, tener un Starlink. Más allá de la seguridad, también por esto de que los seres queridos sepan que todas las tardes les mandás un mensaje.

